¿Qué posibles aspiraciones buscan satisfacer las personas que se acercan a la masonería?

Respuesta ultracorta: son muy diversas, pero tienen cierta conexión entre sí

Realmente, la Masonería ofrece un marco de trabajo muy amplio para dar curso a multitud de aspiraciones y de necesidades de autosatisfacción de las personas que deciden dar el paso de ingresar en ella. Esto da lugar a que los intereses de estas personas, aunque se puedan de alguna forma englobar en torno a un eje conductor relativo a la reflexión filosófica y ética, sean tremendamente diversos, si bien perfectamente compatibles.

Por ejemplo, algunas personas buscan un lugar de erudición, donde una especie de equipo multidisciplinar les aporte nociones de una variedad de campos de conocimiento, de las Ciencias, de las Humanidades y de las Artes, que pocas veces han tenido tiempo u ocasión de explorar en su vida hasta ese momento, y donde ellos, a su vez, puedan aportar su propio conocimiento en su especialidad académica o profesional. Suelen ser personas que, por haber tenido una educación muy especializada o muy exigente en su campo, o por tener un enfoque vital eminentemente práctico y pragmático, sienten la llamada de la curiosidad, de explorar terreno nuevo, un terreno en el que por exigencias de sus estudios o de su trabajo no han tenido posibilidad de adentrarse.

Otras buscan un espacio de sociabilidad, fraternidad e incluso de práctica de la inteligencia emocional. Puede tratarse de personas que se sienten muy estimuladas emocionalmente por el contacto con individuos de diferentes sensibilidades e intereses, y que disfrutan de esos momentos de convivencia en diversidad; o de personas que, por la razón que sea, están habitualmente rodeadas de gentes con las que coinciden en gustos, intereses y opiniones, y requieren del acicate de visiones diferentes, opiniones diferentes y experiencias vitales diferentes. Es fácil que de estas experiencias surjan grupos de amigos masones, aun cuando no es forzoso que todos los masones sean amigos íntimos entre sí, puesto que la Masonería busca y se nutre de la diversidad, y sería imposible que sintiéramos afinidad por todos los que conocemos en una logia, por muy libres y de buenas costumbres que tengan que ser los masones.

Otras personas se sienten especialmente atraídas por la vertiente social y solidaria de la Masonería. Aunque la Masonería no pretende ni puede suplir la función de las fundaciones, ONGs y asociaciones solidarias, su vocación de mejora material, moral y espiritual de la Humanidad hace que parte de su acción revierta en acciones de filantropía, que a veces encauza precisamente a través de colaboraciones con este tipo de asociaciones. Las personas más comprometidas socialmente pueden encontrar en esta forma de hacer Masonería una satisfacción a sus inquietudes sociales.

En otras ocasiones, hay quienes se acercan a la Masonería porque encuentran en sus rituales una cierta forma de elevación espiritual, no necesariamente de carácter religioso, sino como si fuera una forma de ejercicios de meditación, de relajación o mindfulness. La repetición, el contraste, el ritmo, la variación de la iluminación, la música… Todo ello crea un ambiente mágico, y las sensaciones colectivas de relajación, de alejamiento del mundanal ruido, de los debates sosegados, reflexivos y respetuosos pueden ser un poderoso ansiolítico contra las presiones y los sinsabores de la vida mundana.

Hay quienes encuentran en el lenguaje simbólico de la Logia una forma de filosofía práctica, una forma sencilla y asequible de reflexionar sobre las grandes cuestiones, que son importantes en la vida, pero sobre las cuales en muchas ocasiones no tenemos tiempo de pararnos a pensar. Sin necesidad de tener una formación académica extensa y profunda, con ayuda de este simbolismo, de esta enorme metáfora que se vale de los elementos de la construcción para hablarnos a nosotros mismos del ser humano, de la Humanidad, del mundo y de las vicisitudes del ser humano y de la Humanidad para conocer el mundo que le rodea, la persona que se incline por esta forma de entender la Masonería puede satisfacer este anhelo de crecimiento personal.

Finalmente, hay algunas personas que afrontan la Masonería como un vehículo para dar curso a su aspiración de trascendencia con una vertiente más mística, más de búsqueda de ese “algo” en el que muchos creen, pero que no saben definir. Aquí hay que recordar que no todos los masones son creyentes, habiendo agnósticos y ateos en muchas de las organizaciones existentes, si bien para éstos últimos la convivencia con otros masones creyentes también es una forma de aprendizaje en la diversidad con la que luego gestionar mejor su devenir en el mundo.

Muy probablemente no existe un masón “puro” en el sentido de que busque satisfacer uno y solo uno de los intereses descritos más arriba. Lo habitual es que la inmensa mayoría de los masones se vean atraídos por una mezcla de todas estas posibilidades en determinada proporción, única para cada uno de ellos. Por ejemplo, en mi caso particular, me siento muy atraído por la vertiente erudita, de convivencia y ritual, algo menos atraído por la parte simbólica y social, y apenas nada atraído por la parte mística.

De igual forma, cada logia tiene su propia “idiosincrasia”, proyecto o cultura grupal, que vendría a ser una especie de término medio entre la de los masones que la componen. Por ello, aunque no es esencial para el desarrollo de su vida masónica, puede ser más cómodo para el masón que su propia forma de entender y sentir la Masonería no desentone muy excesivamente con la de su logia, salvo que precisamente sea esa gran diferencia la que le estimule en su crecimiento personal; esto, además, puede ser un estímulo positivo para el grupo, al evitar una perniciosa y aburrida uniformidad de pensamiento. De hecho, es habitual que las logias pretendan estar compuestas de masones con una amplia diversidad de intereses; y cuanta mayor diversidad puedan gestionar, mejor.

Es por todo esto por lo que escritos de masones diferentes pueden presentar una visión muchas veces enormemente diferenciada de lo que representa la Masonería para ellos, y que estas visiones no sean necesariamente contradictorias entre sí. Es más, eso es lo que muchas veces hace tan interesante la Masonería para los masones que ya llevan muchos años practicándola, porque cada día puede ser toda una nueva experiencia, por muchos años que pasen.

¿Es posible entrar en contacto con la Masonería sin hacerse miembro?

Respuesta ultracorta: Sí, es más sencillo de lo que pudiera pensarse

Lo habitual es que las personas que muestran interés por la masonería, tras informarse detenidamente de los pros y contras (y hoy día, con internet y la cantidad de libros que hay sobre el tema, es una tarea relativamente trivial), puedan decidir si les interesa o no ingresar en la asociación. En ese caso, envían un correo electrónico a la logia de su elección y se inicia el proceso.

No obstante, también puede ocurrir que alguien no esté interesado en convertirse en masón, pero tenga cierta curiosidad por establecer contacto con una logia sin adquirir ningún compromiso, o que prefiera un acercamiento más gradual y no tan directo. También es una forma de comprobar de primera mano si hay algo de cierto en la leyenda negra (o en la leyenda blanca) de la Masonería, o si, como muchas organizaciones, la Masonería no es ni mejor ni peor que cualquier otro grupo de seres humanos limitados con un fin noble.

En principio, hay que tener claro que ninguna clase de Masonería que se precie realizará ningún tipo de acciones de captación de miembros o de promoción directa, lo que comúnmente se conoce como proselitismo. Por su propia naturaleza de espacio de autoconocimiento, reflexión ética y filosófica, y de espacio de práctica de virtudes, derechos y responsabilidades fundamentales, no tiene mucho sentido que trate de reclutar posibles candidatos que no estén claramente seguros de querer formar parte de una asociación de estas características. El paso final de solicitar el ingreso en Masonería debe ser siempre un paso meditado, consciente y reposadamente decidido.

De todo esto se deduce una conclusión clara: desconfía de cualquier logia supuestamente masónica que se publicite como si fuera un negocio al uso o que realice acciones de captación de miembros como si se tratara de otro tipo de asociación.

Naturalmente, que la Masonería no haga proselitismo no implica que no pueda hacer una labor de divulgación pública de su actividad y sus fines, divulgación que además la sociedad le reclama de forma insistente, ya que una de las principales críticas es un supuesto secretismo respecto a dichas actividades y fines.

Tradicionalmente, esta labor de divulgación se realizaba, y se sigue realizando, a través de las llamadas tenidas blancas.

Una tenida blanca es una reunión en una logia abierta al público, para que asista cualquier persona interesada. En dicha reunión, los masones que quieran identificarse como tales visten guantes blancos, y normalmente consiste en una disertación por parte de uno o varios masones sobre la historia, los procedimientos y los objetivos de una logia masónica, seguida de un coloquio o un turno de preguntas y respuestas para que los asistentes que así lo deseen hagan las observaciones y las preguntas que se les antojen.

Aun cuando las tenidas blancas siguen conservando su utilidad, y de hecho es la forma más cercana en que una persona que no sea masón puede experimentar en qué consiste ser parte de la Masonería, hoy día no es la única manera en la que una persona interesada puede acercarse a la Masonería de forma puntual para satisfacer su curiosidad.

También hay ciertos eventos culturales, conciertos musicales, conferencias científicas, o actividades artísticas de otra clase, que se organizan desde las logias, abiertos al público. Es una forma de poder conversar con masones en un ambiente relajado, y es una forma en la que las logias hacen promoción exterior de valores, virtudes o bienes inmateriales que entienden positivos para la sociedad en su conjunto.

Por otra parte, puede haber masones que editen libros, realicen programas de radio, televisión, podcasts en internet, blogs (este blog que estás leyendo sería un ejemplo), perfiles en redes sociales u otro tipo de publicaciones de divulgación. Las propias logias en muchas ocasiones cuentan con sitios web, perfiles en redes sociales, canal de vídeos en youtube, etc. Actualmente, además, es la forma en la que se tenderá a comunicar una posible tenida blanca al mayor número de gente posible.

Finalmente, y si se tiene la ocasión de trabar amistad con un masón, una vía adicional de entrar en contacto con los masones es acompañar al amigo masón a un ágape, que es como se llama en la jerga masónica a la comida posterior a una reunión de masones, que en la que generalmente se admiten acompañantes no masones.

Así pues, si te asalta una distante, simple y llana curiosidad, o si te atrae la Masonería y no te ves confiado para tomar una decisión más comprometida sin un contacto directo, escoge tu vía de acercamiento preferida y disfrute de ella sin mayor problema.

¿Qué opina la Masonería sobre… [ponga aquí su tema favorito]?

Respuesta ultracorta: la Masonería no tiene opinión como tal sobre casi nada

 

Es muy habitual y perfectamente lógico que cuando un profano conoce a un masón (y también puede ocurrir entre aprendices recién iniciados), de las primeras cosas que haga sea preguntarle por la posición de la Masonería en su conjunto sobre cualquier asunto, ya sea de actualidad, ya sea controvertido, ya sea al mismo tiempo controvertido y de actualidad.

diversidad

Es una pregunta que inicialmente tiene mucho sentido, dado que las asociaciones de todo tipo que operan en la sociedad civil suelen tener unos fines sociales concretos, y que dichos fines suelen implicar que la asociación tenga una posición determinada y precisa sobre cuestiones de interés general. Pensemos en asociaciones de pacientes y su posición sobre la experimentación con células madre, o sobre asociaciones ecologistas y su posición sobre la energía nuclear, por poner dos ejemplos notorios.

Es obvio que, independientemente de la postura de los miembros sobre estas cuestiones, la asociación como tal tendrá su propia opinión al respecto, y es de esperar que, en realidad, la opinión de sus asociados sea bastante homogénea y alineada, de tal forma que la asociación pueda llevar a cabo sus fines de forma coordinada y eficaz.

Sin embargo, en esta cuestión la Masonería y sus instituciones son completamente diferentes al resto de asociaciones existentes (es más, casi podría decirse que es parte de su “marca de la casa”).

En primer lugar, la Masonería no tiene unos fines concretos. Ello no significa que la Masonería no tenga ninguna clase de fines, pero éstos son muy amplios y, además, la definición de los mismos no está fijada de forma categórica.  Oficialmente, cada institución masónica declara los suyos, pero todos suelen ser, con algunos matices, los siguientes:

“La Francmasonería, institución esencialmente filantrópica, filosófica y progresiva, tiene por objeto la búsqueda de la verdad, el estudio de la moral y la práctica de la solidaridad. Trabaja por la mejora material, ética, y el perfeccionamiento intelectual y social de la humanidad. Sus principios son la tolerancia mutua, el respecto a los demás y a uno mismo, la libertad absoluta de la conciencia”

Evidentemente, unos fines tales como “la mejora ética de la humanidad” son de tal amplitud que difícilmente cualquier actividad humana lícita puede considerarse contraria a los mismos, lo que implica que la Masonería puede ser compatible con actividades completamente opuestas entre sí.

Por otra parte, la función de la Masonería no es constituirse en un agente activo de promoción de políticas públicas en una dirección concreta (para empezar, ¡no podría determinar hacia qué dirección orientar dicha promoción!), sino en motivar a sus miembros para que en su vida diaria, y desde el particular punto de vista de cada cual, impulse en su ámbito dicha mejora ética de la humanidad, por ejemplo. Dado que entre los principios de la Masonería está la tolerancia y el respeto, esto permite que sean miembros de la misma logia hermanos de diferente ideología política y creencia religiosa, y aún así puedan trabajar juntos en Masonería y cada uno, en su espacio, y a veces de forma contrapuesta y en competencia mutua, traten de promover estos fines masónicos de mejora de la humanidad, cada uno desde su forma de entender esta mejora.

Finalmente, esto permite que los miembros de la Masonería sean diversos y se enriquezcan mutuamente en su diversidad en formas en las que fuera de la Masonería es difícil lograr, puesto que de forma natural tendemos a rodearnos de un entorno cómodo, que cuestione poco o nada nuestra forma de ser: tendemos a rodearnos de personas que piensen como nosotros, a leer y ver informaciones que concuerdan con nuestra forma de pensar, etc. A veces no somos conscientes de cuantísimas experiencias muy válidas y muy enriquecedoras de otros nos perdemos por no interactuar con otras personas por no ser de la misma opinión que nosotros. También permite que los masones con opiniones poco convencionales tengan menor necesidad de ceder ante la opinión mayoritaria, dado que no se hace preciso conformar una posición uniforme en la organización sobre muchos temas, a diferencia de otras asociaciones humanas, como veíamos anteriormente.

Lógicamente, se produce un cierto equilibrio entre la diversidad que es capaz de albergar una organización y lo enfocados y precisos que son sus fines, aunque la metodología de trabajo en las logias trata de ampliar al máximo esta diversidad tratando de perder la menor operatividad posible en el grupo.

¿Esto significa que las organizaciones masónicas no generan ningún tipo de posición coordinada sobre ningún asunto? Bueno, no tanto. Por desgracia en nuestro mundo hay ciertas actividades que son tan manifiesta y absolutamente contrarias a los fines de cualquier organización masónica que sería impensable que no produjeran ninguna respuesta por parte de la Masonería.

Pero incluso en la magnitud y naturaleza de la ofensa a los fines masónicos necesaria para generar una respuesta institucional encontramos variedad entre las diversas organizaciones. Por poner tres ejemplos diferentes: hay organizaciones con un matiz ciertamente social y republicano, como el Gran Oriente de Francia, que toman habitualmente posición sobre variadas cuestiones de actualidad; otras, como la Gran Logia Simbólica Española, han emitido comunicados sobre cuestiones puntuales, pero habitualmente no emiten opiniones sobre la actualidad; y en general las organizaciones de la variante anglosajona de la Masonería solamente toman posición ante ataques flagrantes a la libertad de conciencia o la tolerancia.

Es evidente que, como contrapartida, el Gran Oriente de Francia se arriesga más a menudo a irritar a los hermanos que no concuerden en sus planteamientos con los de las posiciones que tome su organización, mientras que algunos de los pertenecientes a organizaciones de la rama anglosajona pueden sentirse frustrados de que su institución no tome partido con mayor frecuencia por causas que ellos entienden que la Masonería debería defender. Y en el caso de la Gran Logia Simbólica Española, puede que haya algún hermano que tenga la percepción de que su organización habla cuando debería callar y viceversa.

Todo esto nos muestra la enorme dificultad de gestionar grandes grupos de personas muy diversas entre sí. No obstante, esta extrema dificultad con la que se enfrentan las organizaciones masónicas y los masones individuales ponen de relieve aquello que éstos consideran realmente prioritario, importante y digno de conservación: la diversidad, la libertad, la igualdad y la fraternidad de los seres humanos, y la mejora moral de la humanidad.

Hacer visibles las estrellas (microrrelato masónico)

Hacía calor. El curso había terminado, pero había asuntos que ir arreglando antes de que llegara septiembre y volvieran a empezar las tenidas. El Venerable saliente y el entrante estaban sentados en un par de sillas en el Oriente. Quien abandonaba el cargo relataba y quien lo asumía iba anotando.

 

– Hay que comprar mandiles blancos, ya casi no quedan.

– De acuerdo… ¿Cómo está el Tesoro?

– No muy mal, teniendo en cuenta las circunstancias…

– Sí… Es importante que el nuevo Hospitalario mantenga y mejore en la medida de lo posible los actos de alivio a los desfavorecidos… ¿Tu experiencia de colaboración con otras logias ha sido bueno en este asunto?

– La verdad es que sí, los problemas no han sido de mayor importancia y se han ido… ¿Qué es ese ruido?

 

Salieron a la calle. Ninguno de los dos podía dar crédito a lo que estaban viendo: un vehículo blindado se había situado en medio de la plaza. Justo en ese momento comenzaba a abrir fuego contra el ayuntamiento.

 

Antes de que pudieran reaccionar, un grupo de hombres armados con fusiles y vestidos con camisas de color azul oscuro apareció por la esquina. Vieron con creciente alarma cómo se detenían por un momento, les señalaban y acto seguido comenzaban a andar decidida y sombríamente en su dirección.

 

Se miraron largamente, inquietos.

 

– Habrá algún problema más con la instalación, me temo… – dijo el Venerable entrante.

 

El saliente le miró en silencio en ese caluroso julio de 1936. Cuando el grupo de hombres con camisas azules estaba a punto de llegar donde se encontraban, dijo finalmente:

 

– No te preocupes. Haremos el encendido de las luces… tarde o temprano.

 

(A casi 80 años tras la masacre de miles de personas libres y de buenas costumbres que solo querían ser mejores personas, ayudar a construir un mejor país y un mundo mejor, dedicado a todos ellos, a sus familias, a sus amigos, y a todos los que tratan de seguir aún hoy su bello ejemplo)

La Masonería en el Día Internacional de la Mujer

Como ya hemos contado alguna vez, hay dos grandes corrientes en la Masonería, una que solamente admite como miembros a varones creyentes en algún tipo de fuerza sobrenatural y otra que admite a cualquier persona, cualquiera que sea su sexo o filiación religiosa.

Aunque evidentemente, la masonería autodenominada adogmática hace gala de su compromiso con la igualdad entre hombres y mujeres desde los albores del surgimiento del feminismo como movimiento social que promueve la igualdad radical (de raíz) entre las personas independientemente de su sexo, practicándola en el interior de sus organizaciones, cualquier forma de masonería que se precie defiende que en la sociedad en general debe primar la igualdad entre los seres humanos.

La masonería autodenominada regular precisa que sus organizaciones son exclusivamente masculinas por mantenimiento de una tradición, y consideran que una organización que no mantenga esta característica de pertenencia puramente masculina y deísta no es “masónica” en sentido estricto (de hecho, cuando la masonería regular española saca un comunicado, se llama a sí misma “la masonería española”), pero eso no implica que promuevan en la sociedad civil la discriminación por motivos de género.

Históricamente, está documentada la existencia de varias mujeres que fueron iniciadas en la Masonería autodenominada regular. Quizás la más conocida de ellas fue Elizabeth Aldworth (1693/1695-1773/1775), que se estima que fue iniciada entre 1710-1712, al quedarse dormida en una habitación junto a la que normalmente albergaba las reuniones de la logia de su padre.

La Gran Logia Unida de Inglaterra el 4 de septiembre de 1929 emitió los llamados Principios Básicos para el Reconocimiento de Grandes Logias, que establecían los criterios que debe satisfacer una organización para ser considerada plenamente masónica según los criterios de la masonería autodenominada regular. Uno de ellos, el cuarto, dice: “Que el conjunto de miembros de la Gran Logia y de las logias individuales debe estar compuesto exclusivamente por hombres, y que cada Gran Logia no debe tener encuentros masónicos de ninguna clase con logias mixtas o cuerpos que admitan mujeres como miembros”.

La misma Gran Logia Unida de Inglaterra emitió 80 años después, el 10 de marzo de 1999, una declaración sobre la relación entre las mujeres y la masonería autodenominada regular que dice como sigue:

“Existen en Inglaterra y Gales al menos dos Grandes Logias solamente para mujeres. Excepto porque estos cuerpos admiten mujeres, son, hasta donde se puede asegurar, regulares en su práctica. también hay una que admite tanto hombres como mujeres como miembros. Éstos no son reconocidos por esta Gran Logia y no deben cruzarse visitas. Hay, sin embargo, conversaciones de vez en cuando con las Grandes Logias femeninas en materias de interés mutuo. Los hermanos son, por tanto, libres de explicar a los no masones, si se les pregunta, que la Masonería no está restringida a los hombres (aunque esta Gran Logia no admita ella misma mujeres). […]”

Desde hace ya muchos años se viene produciendo un choque entre el derecho que tienen asociaciones privadas de regirse por sus propios criterios para admitir nuevos socios y el principio general de igualdad que rige y debe regir en la vida pública de que nadie debe ser discriminado por razón de sexo o creencia, a medida que nuestras sociedades evolucionan, crecen  y maduran en sus valores ciudadanos. Poco a poco, este choque se va resolviendo a favor de la inclusión de las mujeres en términos de igualdad en las asociaciones. La Masonería fue pionera ya desde el siglo XIX, al crearse en 1893 la primera organización masónica mixta, “El Derecho Humano”.

No obstante, la Masonería sigue aplicando un principio de “compartimentos estancos”, según los cuales la masonería autodenominada regular mantiene los principios de principios del s. XVIII que no permiten la entrada de mujeres, y no existen relaciones oficiales entre ambas corrientes de la Masonería.

El año que viene se cumplirán 300 años desde el considerado nacimiento de la Masonería moderna. Parece que se va acercando el momento en que ambas corrientes de la Masonería deberían estrechar relaciones desde el reconocimiento de las propias singularidades.

Quizás la Gran Logia Unida de Inglaterra y sus grandes logias asociadas no sean nunca grandes logias mixtas, y puede que esto no sea del todo malo. Quizás forme parte de la Libertad que la Masonería predica que haya ciertos masones que puedan desarrollar mejor su crecimiento personal en compañía exclusiva de hombres. Quizás los masones de las logias femeninas, del Gran Oriente de Francia, del Derecho Humano y de las grandes logias asociadas solamente deseen reunirse con hombres y mujeres, porque consideren que esa diversidad es la que les permite su crecimiento y reflexión ética más plena, y puede que esto no sea del todo malo.

No obstante, debería institucionalizarse y explicitarse oficialmente un nivel básico de reconocimiento en el sentido de la declaración de la Gran Logia Unida de Inglaterra de 1999; un reconocimiento elemental que ya se produce a nivel personal, individual e incluso editorial, entre masones de las diferentes corrientes como personas libres y de buenas costumbres, crean lo que crean (o lo que dejen de creer) y sean quienes sean. Porque si es de interés común para toda la Masonería la mejora ética personal y social, cualquier avance en el fortalecimiento de las relaciones entre grupos humanos que coincidan en esta meta es objetivamente bueno y deseable.

Porque, finalmente, la mejora ética de la sociedad simplemente no es alcanzable sin el concurso activo de más de la mitad de la Humanidad, nuestras compañeras y hermanas, las mujeres.

¿Qué significa que la Masonería es “iniciática”?

Respuesta corta: significa que hay un antes y un después (y esto no es necesariamente malo)

La Masonería, como hemos explicado repetidamente, es muy diversa. No obstante, hay ciertos elementos que son comunes a cualquier forma de masonería, y que la distinguen de otro tipo de actividades. Uno de los más típicos es el llamado carácter “iniciático” de la Masonería.

Yendo a ejemplos cotidianos, en la vida de todos hay experiencias que van provocando en nosotros un cambio gradual, como la experiencia que se acumula por el mero paso del tiempo, las experiencias en los estudios o en el trabajo, en el trato personal, etcétera. Estos momentos nos van dejando un poso que hace que evolucionemos gradualmente y vayamos profundizando en la comprensión del mundo que nos rodea (que también va cambiando gradualmente). Como se suele decir, más sabe el diablo por viejo que por malo…

 

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“Si tomas la pastilla azul, fin de la historia. Despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedarás en el país de las maravillas, y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda: lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más”

Aunque también en la vida hay momentos definitorios, instantes muy breves, pero con una potencia transformadora tal que hace que nuestra comprensión del mundo cambie de forma súbita, ofreciéndonos una perspectiva instantáneamente nueva de todo lo que nos rodea.

Normalmente, los ejemplos más claros están relacionados con la vida y la muerte: convertirnos en madre o padre por vez primera, el fallecimiento de un ser querido; o cambios vitales decisivos, como salir de casa de los padres a vivir por nuestra cuenta, enamorarnos, encontrar un trabajo estable, hacer un viaje a un lugar muy diferente, defender una tesis doctoral… Son sucesos que transcurren en días, o incluso en minutos, y sin embargo, pueden desplegar sus efectos durante el resto de nuestra vida. Seguro que todos nosotros tenemos en nuestras cabezas nuestro propio catálogo de “eventos iniciáticos personales”, que nos han sucedido y que definen gran parte de nuestra visión de las cosas.

En esos días, o en esos minutos, el mundo no cambia apenas, pero nosotros sí sufrimos una transformación, un cambio de perspectiva vital, que nos hace ser conscientes de cuán sesgada es en muchas ocasiones nuestra visión de las cosas, y la importancia que tiene que seamos tolerantes y justos con la visión que tienen los demás de la misma realidad que vivimos nosotros, puesto que su visión puede ser tan válida como la nuestra, y podemos enriquecernos mutuamente.

La Masonería aspira a provocar en todos sus miembros un cambio de perspectiva parecido, que nos permita crecer como personas. Hay momentos puntuales en los que se concentra esta aspiración: son los ritos de paso, tanto la iniciación propiamente dicha, cuando una persona se convierte en masón, como las sucesivas ceremonias en las que va adquiriendo los grados masónicos a medida que adquiere experiencia en el trabajo masónico.

No obstante, esta predisposición para ser capaz de dar estos saltos de perspectiva vital se cultiva en cada reunión, y parte del aprendizaje de un masón debe consistir en entrenar esa capacidad de “ponerse en la piel del otro que en el fondo es como yo”, siempre siendo uno mismo de forma irrenunciable, pero al mismo tiempo, siendo capaz de sentir cómo sería ser uno mismo en la posición del otro.

Aún cuando es algo que se hace de forma muy periódica, en cada reunión, en sí mismo es un camino iniciático, en la medida en que damos pequeños saltos de perspectiva y entrenamos para hacerlos cada vez más internalizados y con mayor facilidad.

Esta forma de proceder funciona como una especie de catalizador del cambio personal, de tal forma que si pretendemos ser mejores (y a esta mejora cada uno le da el sentido que prefiera), el ritmo de mejora puede ser más elevado que el que cabría esperar de la mera acumulación de la experiencia que sucede en cualquier persona por el paso del tiempo. Sería algo así como vivir más de una vida en el tiempo de una sola.

Es por todo esto que se dice que la Masonería es iniciática.

La ética de la hamburguesa con queso

Por Eric Schwitzgebel

¿Son los expertos en ética buenas personas? De acuerdo con nuestra investigación, no especialmente. ¿Entonces qué sentido tiene estudiar ética?

Eric Schwitzgebel es profesor de filosofía en la Universidad de California. Bloguea en “The Splintered Mind” y su último libro es “Perplejidades de la Consciencia” (2011).

Ninguna de las preguntas clásicas de la filosofía está más allá del nivel de comprensión de un niño de siete años. ¿Si existe Dios, por qué ocurren cosas malas? ¿Cómo sabes que sigue existiendo el mundo al otro lado de esa puerta cerrada? ¿Estamos hechos solo de una sustancia que se volverá barro cuando muramos? ¿Si pudieras matar y robar gente sin consecuencias, solo por diversión, lo harías? Estas preguntas son naturales. Son las respuestas las que son difíciles.

Hace ocho años, acababa de empezar una serie de estudios empíricos sobre el comportamiento moral de los expertos en ética. Mi hijo Davy, que entonces tenía siete años, estaba sentado en su asiento adaptado en la parte de atrás del coche. “¿Qué crees, Davy?”, le pregunté. “La gente que piensa mucho sobre lo que es justo y lo que está bien, ¿se portan mejor que otras personas? ¿Será más normal que sean justos? ¿Será más normal que sean buenos?”

Davy no respondió inmediatamente. Capté su mirada por el retrovisor.

“Los niños que siempre hablan de ser justos y compartir”, recuerdo que dijo, “la mayoría de las veces solo quieren que tú seas justo con ellos y compartas con ellos”.

Cuando conozco a un experto en ética por primera vez (por experto en ética me refiero a un profesor de filosofía especializado en enseñar e investigar sobre la ética) tengo costumbre de preguntarle si los expertos en ética se comportan de manera diferente a otro tipo de profesores. La mayoría dice que no.

E insisto: ¿Por qué no? ¿No debería el pensar habitualmente en ética tener algún tipo de influencia en el propio comportamiento? ¿No parece que debería ser así?

Para mi sorpresa, pocos profesionales parecen haber pensado mucho en dicha cuestión. Dan respuestas que me dejan pasmado o que son fácilmente rebatidas, y entonces tienen poco que añadir cuando se les pide aclaración. Dicen que la ética académica tiene que ver sobre todo con problemas abstractos y extraños casos a modo de rompecabezas, sin ninguna conexión con el día a día; una afirmación fácilmente demostrable como falsa con pocos ejemplos: Aristóteles sobre la virtud, Kant sobre la mentira, Singer sobre las donaciones solidarias. Dicen: “¿Es que esperas que los epistemólogos tengan una mejor comprensión de la realidad? ¿Esperas que los médicos sea menos probable que sean fumadores?” Respondo que las pruebas empíricas sugieren que los médicos son menos propensos a ser fumadores que quienes no lo son de similar entorno socioeconómico. Quizás los epistemólogos no tengan una mejor comprensión de la realidad, pero esperaría que los especialistas en feminismo exhibieran menor comportamiento sexista, y si no lo hicieran, sería un hallazgo interesante. Sugiero que las relaciones entre la especialización profesional y la vida personal deberían darse de forma diferente para casos diferentes.CODIGO-DE-ETICA

Parece extraño que nuestra profesión tenga tan poco que decir sobre esta materia. Criticamos a Martin Heidegger por su nazismo, y nos preguntamos cuán profundamente estaba su nazismo conectado con sus otros puntos de vista filosóficos. Pero no sentimos la necesidad de volver el espejo hacia nosotros mismos.

Las mismas cuestiones surgen con el clero. En 2010, presenté algo de mi trabajo en el Instituto Confucio para Escocia. Posteriormente, se me acercaron no uno, sino dos obispos. Les pregunté si pensaban que los sacerdotes, por lo general, se comportaban mejor, igual o peor que los laicos.

“Más o menos igual”, dijo uno.

“¡Peor!”, dijo el otro.

Ningún religioso me ha expresado nunca la idea de que el clero se comporte en promedio moralmente mejor que los laicos, a pesar de toda la inmersión en enseñanza religiosa y conversación ética. Quizás en parte esto es una muestra de modestia por su profesión. Pero en la mayoría de sus voces, también oigo algo que suena como auténtica decepción, algún resto del joven adulto que se dirigió al seminario esperando que sería de otra forma.

En una serie de estudios empíricos (en su mayoría en colaboración con el filósofo Joshua Rust, de la Universidad de Stetson), he explorado empíricamente el comportamiento moral de los profesores de ética. Hasta donde sé, Josh y yo, somos los únicos en haberlo hecho de forma sistemática.

Aquí están las dimensiones que hemos estudiado: el voto en elecciones oficiales, llamar a la madre de uno, comer la carne de mamíferos, realizar donaciones para caridad, tirar cosas al suelo, charlar o hacer ruido durante presentaciones de filosofía, responder a correos electrónicos de estudiantes, ir a conferencias sin pagar la matrícula, donar sangre, robar libros de la biblioteca, evaluación moral general realizada por los compañeros de departamento basada en impresiones personales, honradez al responder a las preguntas del estudio y afiliación al partido nazi en la Alemania de los años 30 del siglo pasado.

Obviamente, algunas de las dimensiones anteriores son más significativas que otras. Van desde cuestiones comparativamente triviales (tirar cosas al suelo) a decisiones vitales sustanciales (afiliarse al partido nazi), y desde contribuciones a extraños (donar sangre) a interacciones personales (llamar a mamá). Algunas de las dimensiones dependen de la información del propio interesado (no les preguntamos a las madres de los profesores cuánto duraban las llamadas realmente).

La mayoría, sin embargo, eran directamente observacionales o implicaban testimonio de colegas o datos de archivo. En varios casos, tuvimos autoinformaciones y datos más objetivos. Por ejemplo, pudimos comparar la participación electoral reportada por los propios profesores con los registros estatales que mostraban si habían votado y con qué frecuencia. No encontramos pruebas de que la información aportada por los propios profesores sobre su comportamiento fuera más precisa o menos precisa que la de otros grupos que también hubieran informado de sí mismos.

Los profesionales de la ética no parecen comportarse mejor. En ninguna ocasión hemos encontrado que los profesores de ética en conjunto se comporten mejor que grupos de control de otros profesores, en ninguna de nuestras principales dimensiones estudiadas. Pero tampoco, en general, parecen comportarse peor (hay algunos resultados entremezclados para dimensiones secundarias). En su mayor parte, los profesores de ética no se comportan diferente de los profesores de otro tipo (expertos en lógica, químicos, historiadores, profesores de lenguas extranjeras).

Sin embargo, los profesores de ética sí que siguen normas morales más estrictas en algunas cuestiones, especialmente en vegetarianismo y donaciones para caridad. Nuestros resultados sobre vegetarianismo fueron particularmente llamativos. En un estudio sobre profesores de cinco estados de Estados Unidos, encontramos que el 60% de los profesores de ética que respondieron al estudio evaluaban “comer regularmente carne de mamíferos, tales como ternera o cerdo” en algún punto en el lado “moralmente malo” en una escala de nueve puntos que iba de “moralmente muy malo” a “moralmente muy bueno”. Por contraste, solo el 19% de los profesores que no eran filósofos la evaluaron tan mal. ¡Es una diferencia de opinión bastante grande! Los filósofos no especializados en ética estaban en un punto intermedio, en torno al 45%. Pero cuando se les preguntó más tarde en el estudio si habían comido carne de mamífero en su última comida, no encontramos diferencias estadísticamente significativas en las respuestas de los grupos; en torno al 38% de los profesores de todos los grupos respondieron haberlo hecho (incluyendo 37% de los profesores de ética).

Algo similar se dio para las donaciones de caridad. En el mismo estudio, preguntamos a los profesores qué porcentaje de ingresos, si debe haber alguno, el profesor medio debería donar para caridad, y más tarde preguntamos qué porcentaje de ingresos habían entregado personalmente en el año anterior. Los profesores de ética defendieron las normas más exigentes: su recomendación media fue el 7%, comparado con el 5% de los otros dos grupos. Sin embargo, los profesores de ética no reportaron haber dado un mayor porcentaje de sus ingresos para caridad que los que no eran filósofos (4% en ambos grupos). Ni el hecho de añadir un incentivo en forma de donativo a caridad a la mitad de los encuestados (una promesa de una donación de diez dólares a una organización benéfica a escoger de una lista) incrementó la probabilidad de que los profesores de ética completaran el estudio. Curiosamente, los filósofos que no eran profesores de ética, aunque habían informado de que eran los que menos entregan para caridad (3%), fueron el único grupo que respondió a nuestro estudio en mayor porcentaje cuando se les ofreció el incentivo de la donación para caridad.

¿Deberíamos esperar que los profesores de ética se comporten de forma especialmente moral como resultado de su entrenamiento (o al menos más en consonancia con las normas morales que ellos mismos defienden)?

Quizás podemos defender un “no”. Consideremos este experimento mental:

Una profesora de ética enseña el argumento de Peter Singer a favor del vegetarianismo a sus estudiantes de grado. Dice que encuentra ese argumento sólido y que desde su punto de vista es moralmente erróneo comer carne. La clase termina, y la profesora va a la cafetería a por una hamburguesa con queso. Un estudiante se aproxima a ella y expresa sorpresa por verla comiendo carne (si no te gusta el vegetarianismo como cuestión, otro ejemplo podría servir: fidelidad conyugal, donación de caridad, honradez fiscal, valentía en defensa de los débiles…).

“¿Por qué estás sorprendido?”, pregunta nuestra profesora de ética. “Sí, es moralmente erróneo que disfrute de esta deliciosa hamburguesa con queso. Sin embargo, no aspiro a ser una santa. Solo aspiro a ser más o menos tan buena moralmente como los demás alrededor de mí. Mira esta cafetería. Casi todo el mundo come carne. ¿Por qué debería sacrificar este placer, aunque esté mal, mientras los demás no lo hacen? Es más, sería injusto imponerme una mayor exigencia solo porque soy profesora de ética. Se me paga para enseñar, investigar y escribir, como a todos los profesores. Se me paga para aplicar mi talento como erudita para evaluar argumentos intelectuales sobre el bien y el mal, lo correcto y lo erróneo. ¡Si quieres que me convierta también en un modelo de comportamiento, deberías pagarme más!”

“Aún más”, continúa, “si exiges que los profesores de ética vivan de acuerdo con las normas que defienden, eso pondría una presión distorsionante de gran importancia en juego. Un profesor de ética que se sintiera obligado a vivir conforme a lo que enseña sería impulsado a evitar conclusiones que impliquen grandes sacrificios, tales como que los ricos deben entregar la mayor parte de su dinero a caridad o que deberíamos comer solamente un grupo reducido de alimentos. Desconectar las indagaciones académicas de los profesionales de la ética de sus elecciones personales les permite considerar los argumentos de forma más desapasionada. Si nadie espera de nosotros que actuemos conforme a nuestras opiniones académicas, es más probable que lleguemos a la verdad moral”.

“En ese caso”, responde el estudiante, “¿está bien moralmente que yo pida una hamburguesa con queso también?”.

“¡No! ¿No me estabas escuchando? Estaría mal. Está mal también para mí, como acabo de admitir. Recomiendo el aguacate y brotes. Espero que los argumentos de Singer y los míos ayuden a crear una cultura permanentemente libre de los daños a los animales y al entorno causados por comer carne”.

“Esto me recuerda a la actitud de Thomas Jefferson hacia la esclavitud”, imagino que respondería el estudiante. Quizás el estudiante es negro.

“Puede ser. Jefferson era un gran hombre. Tuvo el valor de reconocer que su propio estilo de vida era moralmente odioso. Reconoció su mediocridad y resistió la tentación de intentar justificarlo con argumentos lamentables. Anda, toma una patata frita.”

Podríamos llamar esta visión la ética de la hamburguesa con queso.

Cualquiera de nosotros podría fácilmente llegar a ser moralmente mucho mejor de lo que somos, si así lo eligiéramos. Para los de nosotros que somos acomodados según los estándares globales, la ruta es directa: gastar menos en lujos y dar los ahorros a una buena causa. Incluso si no eres acomodado según los estándares globales, salvo que estés en el precipicio de la ruina, podrías dar algo más de tu tiempo para ayudar a otros. No es difícil ver múltiples formas, cada día, en las que se podría ser más amable con aquellos que se beneficiarían especialmente de esta bondad.

Y aún así, la mayoría de nosotros elige la mediocridad moral en su lugar. No se trata de que lo intentemos y fracasemos, o de que tengamos buenas excusas. Nosotros (la mayoría) de hecho apuntamos a ser mediocres. La profesora de ética de la hamburguesa con queso es quizás solamente inusualmente honrada con ella misma sobre esto. Aspiramos a ser más o menos tan buenos moralmente como nuestros semejantes. Si otros engañan y les sale bien, queremos hacer lo mismo. No queremos sufrir por nuestra bondad mientras otros reúnen entre risas el beneficio de la maldad. Si la vida moralmente buena es incómoda y desagradable, si implica repetidos y dolorosos sacrificios que no son compensados de alguna forma, sacrificios que los otros no están haciendo también, entonces no los queremos.

Trabajos empíricos recientes en psicología moral, especialmente los realizados por Robert B. Cialdini, profesor emérito en la Universidad del Estado de Arizona, parecen confirmar esta tendencia general. Es más probable que la gente tienda a cumplir normas que ve a los demás cumpliendo, y menos probable que las cumpla que ve a los demás transgrediendo. Investigaciones empíricas sobre “autoindulgencia moral” también sugieren que las personas que actúan bien en una ocasión lo usan como excusa para actuar no tan bien en una ocasión posterior. Miramos a nuestro alrededor, y entonces nos dirigimos a lo más o menos bueno.

¿En ese caso, para qué sirve la reflexión moral? He aquí una idea. Quizás nos da el poder para calibrar con mayor precisión nuestro nivel elegido de mediocridad moral. Me siento en el sofá, descansando mientras mi mujer recoge los platos de la cena. Sé que sería moralmente mejor ayudar que continuar relajado. Pero, ¿cómo de malo, exactamente, sería que no ayudara? ¿Bastante malo? ¿Solo un poco malo? ¿No totalmente malo, pero también no tan bueno como me gustaría que fuera si no me sintiera tan flojo? Estas preguntas ocupan mi mente. La mayor parte de las veces, ya sabemos lo que está bien. No hace falta un esfuerzo o una habilidad especiales para imaginarlo. Mucho más interesante y práctica es la pregunta de a qué distancia del ideal nos sentimos cómodos.

Supongamos que es generalmente cierto que nos orientamos para el bien solo por estándares relativos, más que por absolutos. ¿Qué deberíamos esperar, entonces, como efecto de descubrir, digamos, que es moralmente malo comer carne, como parece que la mayoría de los expertos en ética de los Estados Unidos piensan? Si estás intentando ser solamente tan bueno como los demás, y no mejor, entonces puedes seguir disfrutando las hamburguesas con queso. Tu comportamiento podría no cambiar mucho en general. Lo que cambiaría es esto: tendrías una opinión peor del comportamiento de (casi) todo el mundo, el tuyo incluido.

Podrías esperar que otros cambiaran. Podrías abogar por un cambio general de la sociedad; pero no tienes deseos de ser el primero. Quizás como Jefferson.

Estaba disfrutando de una cena en un restaurante caro con un eminente experto en ética, al final de una conferencia sobre ética. Le expuse estas ideas.

“Un notable alto”, me dijo. “Ahí es donde yo apunto”.

Pensé, pero no le dije, que un notable alto sonaba bien. Quizás también es a lo que apunto yo. Un notable alto en la gran escala moral de los norteamericanos universitarios blancos de clase media. Dejemos que otros vayan a por el sobresaliente.

Entonces pensé que la mayoría de los que apuntábamos a un notable alto probablemente no lo alcanzaríamos. Ya sabes, dado que nos engañamos a nosotros mismos. Aquí estoy, lejos de mis hijos otra vez, en una conferencia bien financiada en un bonito hotel de 200 dólares por noche, principalmente, sospecho, para poder nutrir y disfrutar mi creciente prestigio como filósofo. ¿Qué clase de persona soy? ¿Qué clase de padre? ¿Notable alto?

(Oh, esto es perdonable, me oigo decir a mí mismo. Soy un modelo de éxito profesional para los niños, y de independencia. Y la moralidad no es tan exigente. Y mi trabajo filosófico es una contribución al bien social general. Y doy, hmm, bueno, algo para caridad, así que por ahí cumplo. Y estaría muy descorazonado si no pudiera hacer esta clase de cosas, lo que me haría peor padre y profesor de ética. Además, me lo debo a mí mismo. Y… ¡Vaya, qué limpiamente encaja lo que quiero hacer con lo que éticamente es mejor, una vez que lo pienso!)

La mayoría de los filósofos de la antigüedad y los grandes visionarios morales de las tradiciones de sabiduría religiosa, en oriente y occidente, encontrarían la ética de la hamburguesa con queso extraña. La mayoría asumían que el principal objetivo de estudiar ética era la mejora personal. La mayoría también aceptaban que los filósofos serían juzgados por sus acciones tanto como por sus palabras. Un gran filósofo era, o debía ser, un modelo de conducta: un ejemplo viviente de una vida bien vivida. Sócrates enseñó tanto bebiendo cicuta como con cualquiera de sus diálogos; Confucio, con su corrección personal, Siddhartha Gautama, con su renuncia a la riqueza; Jesús, lavando los pies de sus discípulos. Sócrates no dice: éticamente, lo correcto sería que yo bebiera esta cicuta, ¡pero huiré en vez de hacerlo! (Quizás podría haberlo dicho, pero entonces sería otro tipo de modelo de conducta).

Sería suspicaz con cualquier filósofo del siglo XXI que se ofreciera como modelo de vida sabia. Los filósofos ya no se supone que sean así; y aquellos que se consideran a sí mismo sabios en cualquier caso casi siempre están equivocados. Aún así, pienso que los filósofos de la antigüedad estaban en lo cierto en algo en los que los expertos en la ética de la hamburguesa con queso se equivocan.

Quizás en esto: dispongo de los mejores intentos de generaciones anteriores para expresar su comprensión ética del mundo. Incluso parezco tener cierta ventaja sobre los filósofos antiguos, en que hay ahora muchas más generaciones que han dejado textos escritos y varias culturas diferentes con larga tradición de filosofía escrita que puedo comparar. Y se me paga, de forma bastante razonable según estándares globales, para dedicar una gran porción de mi tiempo para pensar sobre este material. ¿Qué debemos hacer con esta asombrosa oportunidad? ¿Usarla (como dijo mi hijo de siete años) como una herramienta para convencer a los de más de que me traten bien? Bueno, supongo que sí, a veces. ¿Usarla para tratar de modificar el comportamiento de otras personas de forma que hagan el mundo un lugar mejor en general? ¿Simplemente disfrutar de su poder y belleza por sí mismos? Sí, eso también.

Pero también parece un desperdicio no tratar de usarla para hacerme un poco mejor éticamente de lo que lo soy actualmente. Parte de lo que encuentro enervante sobre la ética de la hamburguesa con queso es que parece muy cómoda con su mediocridad, muy poco interesada en desplegar sus herramientas filosóficas hacia la mejora personal. Presumiblemente, si uno se aproxima a ellas de la forma correcta, las grandes tradiciones de filosofía moral tienen el potencial para ayudarnos a llegar a ser mejores personas a nivel moral. Pero en la ética de la hamburguesa con queso, ese potencial se deja de lado.

Los expertos en ética de la hamburguesa se arriesgan al fracaso intelectual también. La interacción real con una doctrina filosófica probablemente requiera dar algunos pasos hacia su vivencia. La persona que da, o al menos trata de dar, pasos personales hacia la honradez escrupulosa kantiana, o hacia la imparcialidad moziana, o el desapego budista, o la compasión cristiana, ganan cierto entendimiento práctico de esas doctrinas que no se puede obtener fácilmente solo a través de la reflexión intelectual. Una comprensión total de la ética requiere algo de vivencia de la misma.

Aún más, las doctrinas abstractas carecen de contenido específico si no son concretadas con una serie de ejemplos concretos. Consideremos la doctrina “tratad como moralmente iguales a quienes son dignos de respeto”. ¿Qué cuenta como seguimiento de esta norma, y qué constituye una transgresión de la misma? Solo cuando entendemos cómo las normas se aplican en ejemplos concretos las comprendemos realmente. Vivir nuestras normas, o tratando de vivirlas, fuerza una confrontación absolutamente concreta con los ejemplos. ¿Requiere tu visión ética realmente que liberes los esclavos de los que tu estilo de vida depende de forma crucial? ¿Requiere deshacerse de tu salario y no volver a disfrutar nunca más de un postre caro? ¿Requiere beberse la cicuta si tus conciudadanos exigen injustamente que lo hagas?

Pocos expertos en ética son realmente partidarios de la ética de la hamburguesa con queso, creo, cuando se paran a considerarlo. Sí que queremos que nuestras reflexiones éticas nos mejoren moralmente un poco. Pero ahí está la cuestión: nos proponemos solamente llegar a ser un poco mejores. Nos relajamos un poco cuando nos fijamos en los demás a nuestro alrededor. Nos conformamos con tratar de alcanzar el notable alto en lugar del sobresaliente. Y al mismo tiempo, destacamos en la racionalización y la formulación de excusas, incluso más quizás cuantas más teorías éticas tenemos a mano. Así que acabamos, de media, más o menos donde empezamos, comportándonos más o menos igual que cualquier otro grupo social.

¿Deberíamos tratar de llegar al sobresaliente alto entonces? Siendo sincero conmigo mismo, no quiero el sacrificio que estoy bastante seguro que implicaría eso. ¿Debería al menos intentar quedar algo por encima del notable alto? ¿Debería intentar resueltamente ser mucho mejor que mis semejantes (sobresaliente o quizás sobresaliente bajo) incluso aunque no sea un santo? Me preocupa que necesitar verme como una persona inusualmente excelente a nivel moral probablemente incremente el autoengaño, la racionalización y la indulgencia en lugar de realmente mejorarme.

¿Debo redoblar mis esfuerzos para ser más amable y generoso, combinándolo con recordatorios de humildad sobre mis posibilidades de éxito? ¡Sí, lo haré hoy! Pero ya siento mi resentimiento subiendo, y aún no he hecho nada. Quizás podría escapar de ese resentimiento ajustando mi sentido de la mediocridad hacia arriba. Podría intentar recalibrarlo rodeándome con semejantes con las mismas ideas sobre la virtud. Pero evitar la compañía de aquellos que considero moralmente inferiores me parece más característico de un idiota moralizante que de una persona genuinamente buena, y la historia de los esfuerzos por implantar organizaciones unificadas éticamente es desalentadora.

No veo fácil el camino a seguir. Pero ahora me preocupa que esto, también, sea una forma de poner excusas. Nada nos garantiza el éxito, así que (¡fiuuu!) puedo quedarme cómodamente en el mismo punto mediocre al que estoy acostumbrado. Tal derrotismo también encaja estupendamente con una forma natural de leer los datos de John Rust y míos: dado que los expertos en ética no se comportan mejor ni peor que otros, la reflexión filosófica debe ser conductualmente inerte, llevándonos solo a donde ya íbamos, siendo su poder solo el de proporcionarnos diferentes palabras con las que decorar nuestras elecciones predeterminadas. Así que no es culpa mía si mi reflexión filosófica no me ha mejorado.

Rechazo esta conclusión. En lugar de eso, propongo esta idea menos cómoda: la reflexión filosófica sí tiene el poder de movernos, pero no es algo hecho. Nos lleva donde no pretendíamos o esperábamos, a veces de una manera, a menudo de otra, a veces amplificando nuestros fallos e ilusiones, a veces dándonos una comprensión real e inspirándonos a un cambio moral sustancial. Estas tendencias se entrecruzan y se cancelan mutuamente de formas complejas que son difíciles de detectar empíricamente. SI pudiéramos notar por adelantado hacia donde nos llevará nuestra reflexión y cómo, estaríamos implantando un conjunto de técnicas educativas más que retándonos filosóficamente a nosotros mismos.

El pensamiento filosófico genuino critica sus estructuras anteriores, incluso la suposición de que tenemos que ser moralmente buenos. Provoca daños tan a menudo como ayuda, es libre, salvaje e impredecible, siempre rompe los moldes. Te llevará a alguna parte, arriba, abajo, de lado, y no puede saber a dónde por anticipado. Pero eres responsable de intentar ir en la dirección correcta con él, y también de tu fracaso cuando no llegues allí.

(Traducido desde http://aeon.co/magazine/philosophy/how-often-do-ethics-professors-call-their-mothers)